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Termina un año en el que me ha resultado muy difícil publicar. Por un lado, mi actividad dinamizando talleres y sesiones de coaching ha sido muy intensa. Por otro, mi vida personal se ha complicado tremendamente durante los últimos meses con la aparición de serios problemas de salud en mis padres.

Más allá de la «Montaña Rusa» que esto último supone como reto emocional… y también de gestión, cualquier situación difícil y compleja es una oportunidad de ponerse a prueba y, especialmente, de crecer: de mejorar personal y profesionalmente. Espero que así sea…

Así pues, reviso ahora los meses pasados, anticipo lo todavía «por venir» y empiezo a ver cómo parecen emerger algunos aprendizajes que tienen pinta de ayudar a superar situaciones difíciles. Hoy los quiero compartir aquí, aunque estoy seguro de que tú también los sabrás reconocer de entre tus propias experiencias. No trato, por tanto, de hacer teoría sobre resiliencia sino de poner simplemente por escrito algunas cosas que a mi me han servido… por si dieran alguna pista.

1. Empieza empatizando… aún cuando el otro no lo merezca

Hay ocasiones en las que todo parece justificar tu ira. Lo que la otra persona ha hecho o dicho es impresentable. Cualquiera en tu situación lo vería igual. Y esto te puede parecer objetivo… y hasta casi serlo. Puedes recordar aquello de Aristóteles que apunta a que es correcto enfadarse en algunos momentos y con algunas personas… y dejarte llevar…

Sin embargo, de mi experiencia en estos meses difíciles recuerdo cómo algunas personas desagradables o «imposibles» han girado su actitud 180º cuando en vez de desahogarme e ir «a por ellos» he hecho exactamente lo contrario de lo que me pedía el cuerpo.

Por eso, mi re-descubrimiento es que, aunque a veces un cabreo puede ser liberador y eso sea exactamente lo que necesites, empezar una conversación difícil preguntando, interesándote por la otra persona o expresando algo que nos ponga en su lugar, puede tener la fuerza de cambiarlo todo.

2. Mantén tu sistema de organización actualizado

Cuando llega el tsunami y te caes de la tabla tienes la sensación de que no puedes salir a flote. Cuando has intentado sacar la cabeza una y otra vez y de nuevo te entra otra llamada de teléfono que necesariamente tienes que responder, es fácil bajar los brazos y dejarse llevar por la ola… y yo también lo he hecho en más de una ocasión.

A pesar de ello, GTD ha sido «el invento» que me ha permitido subirme de nuevo a la tabla en las situaciones más difíciles. Seguir capturando las decenas de temas que se abrían y buscar pequeños momentos para pensar, para decidir y para mantener el sistema actualizado es otro «clavo ardiendo» que te mantiene a flote cuando hay crisis y todo se está moviendo.

Y ya «para nota»… también puedes aprovechar para ver si el propósito que da sentido a tu vida es consistente o tienes que redefinirlo para que lo sea más.

3. Pregúntate qué depende de ti… y qué no

Suelo pensar que algunos llevamos marcada a fuego una hiper-responsabilidad por todo lo que hacemos o deberíamos hacer. Será cosa de la educación recibida por quienes ya tenemos unos años. Es el rollo de la culpabilidad…

Son esos días en los que, a pesar de haber dado el 200%, sigues preocupado por cómo pueden acabar las cosas ahora que te has ido o piensas que podrías o deberías haber dado más. Y esto empeora si encima te comparas con otras personas que parecen ser siempre mejores que tú.

El único antídoto que he encontrado es el de visualizar una y otra vez mi «zona de influencia». Hacerte la pregunta sobre qué depende de ti puede ser un bálsamo para salir de estas trampas emocionales.

4. Déjate ayudar

También he vivido muy claramente cómo las ocasiones radicalmente difíciles te muestran cuál es tu red real. A mi me ha bastado con contar mi situación a quienes espontáneamente me han preguntado bajo la fórmula «qué tal» para comprobar cómo algunas personas daban empatía, ideas, contactos, información, acciones… o simplemente nada.

Sin embargo, en general, he conseguido hilar gracias a estas personas varios planes de acción y encontrar soluciones a las que nunca habría llegado solo.

Mi aprendizaje aquí es algo probablemente evidente, que como todo lo evidente deja de serlo cuando lo vives con intensidad: Nada de lo que hacemos lo hacemos realmente solos.

5. No dejes de cuidarte

Cuando llevas puesta la sexta marcha y el pie en el acelerador todo pasa rápido y tu atención está necesariamente volcada fuera de ti. Quizás entres temporalmente en «estado de flujo» si te puedes centrar en algo, pero cuando se te abren ininterrumpidamente nuevos frentes aparece el estrés y tu nivel de energía baja.

Yo he comprobado que si no prestas atención a esto todo empieza a ir peor. Puede que, tirando de la hiper-responsabilidad que menciono arriba, nunca encuentres un momento para parar…

Puede ser suficiente con ser consciente de que somos más efectivos si nos acompasamos con nuestros ciclos o con practicar periódicamente algo de deporte o de meditación, pero es evidente que tu productividad acabará bajando si no estás bien.