«Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león», además de ser un proverbio etíope, es un libro de Daniel Coyle que pretende mostrarnos el secreto de los equipos de más éxito del mundo.

De entre todas las anécdotas que cuenta, hay una especialmente impactante y potente que quizás te sirva para entender por dónde van los aportes de su planteamiento.

 

Una historia bélica excepcional

Esta historia tiene lugar en las trincheras de Flandes. Durante la primera guerra mundial. El escenario es apocalíptico… Por un lado, al estar Flandes por debajo del nivel del mar, tienes que imaginar un campo de batalla con trincheras anegadas y convertidas en caldo de cultivo para todo tipo de plagas. A esto hay que sumarle la proximidad del enemigo, separado y enfrentado en distancias de pocos metros. Y para completar esta imagen, hay que sumarle artillería, bombas y muerte: «se puede recorrer el paisaje con la vista sin ver un alma. Pero en la inmensidad del terreno acechan (…) miles, e incluso cientos de miles de aliados  y alemanes alentados por odios históricos, siempre tramando los unos contra los otros » y destrozándose mutua y continuamente.

Nos cuenta Coyle que en este escenario tan poco esperanzador sucede algo positivo e inesperado. Aunque la guerra había comenzado en agosto, a medida que fueron pasando los meses y ambos bandos se fueron masacrando sistemáticamente, empezó a surgir inopinadamente la idea de declarar una tregua en Navidad. Y así, tras superar todas las desconfianzas que esta idea producía al principio, llegada la Nochebuena sucedió algo increíble. Según parece, de una forma poco clara pero espontánea empezaron a oírse algunas canciones en ambos bandos. Al principio se mezclaban las militares con algún que otro villancico. Luego los soldados comenzaron a aplaudir y vitorear las interpretaciones del otro. Y finalmente, lo que sucedió fue más sorprendente…

Poco a poco, algunos combatientes empezaron a abandonar sus trincheras y a acercarse a sus contrarios en son de paz. Ante esta situación, el alto mando británico ordenó impedir que esto siguiera sucediendo, pero no tuvo efecto alguno. Es como si todos los soldados, sin entender lo que pasaba, se dejaran llevar por lo que sucedía y participaran. De hecho, la realidad fue que decenas de miles de combatientes de ambos lados acabaron comiendo y bebiendo juntos, jugaron al fútbol y se intercambiaron fotografías, además de aprovechar para enterrar a sus muertos.

 

Los «indicadores de pertenencia» a lo común

Este es un caso excepcional en la historia en cuanto a que una situación de violencia extrema llegue a derivar de una manera tan repentina en una atmósfera de calidez y acercamiento. La principal pregunta es cómo sucedió. Coyle nos desvela que un estudio muy interesante señala que la clave está en los llamados «indicadores de pertenencia»: las trincheras se convirtieron en un campo de cultivo de indicadores de pertenencia.

Según la hipótesis, hay hechos sencillos que están en la base de este suceso y que favorecen el surgimiento de la empatía mutua. Dicho de otra forma, la misma cercanía física de los dos bandos que favorece el combate puede favorecer también la emergencia de la empatía.

El olor de los alimentos, el ambiente de charlas, risas y canciones,  la coincidencia de los ciclos vitales de ambos bandos, percibir en la otra parte las mismas rutinas y sentimientos de terror, dolor, etc, sufrir el mismo frío y humedad, echar de menos el hogar…

Algo que también fortaleció el sentimiento de pertenencia fueron una serie de treguas previas a la principal. Treguas que se fueron dando para ir haciendo más soportables las inclemencias hasta la gran tregua de Navidad… Estas pequeñas acciones y treguas supusieron conexiones  que siguieron creciendo por la vía de pequeños intercambios emocionales: un bando deja de disparar y queda expuesto. El adversario percibe esa vulnerabilidad y no hace nada. Y cada vez que esto sucede se reforzaron un poco más las conexiones…

 

Cómo desarrollar la pertenencia en un equipo

¿Podríamos buscar hechos sencillos y pequeñas treguas en nuestro día a día?

Daniel Coyle nos da algunas pistas concretas que ha identificado en los mejores equipos y que sirven para crear y propiciar pequeños escenarios de conexión social favorecedores de la química de un equipo. Pueden parecernos probablemente evidentes pero… ¿cómo andamos en el equipo de cada uno de ellos?:

  • Proximidad física, a menudo en círculos
  • Contacto visual muy frecuente
  • Contacto físico (apretones de manos, palmadas, abrazos)
  • Constantes diálogos breves y animados, en lugar de discursos
  • Mezcla abundante: todo el mundo habla con todo el mundo
  • Pocas interrupciones
  • Multitud de preguntas
  • Escucha detenida y activa
  • Humor, risas
  • Detalles amables (decir «gracias», abrirle la puerta a otra persona, etc.)

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