Decía Peter Drucker que “Para que nuestro conocimiento sea productivo, tenemos que aprender a ver tanto el bosque como el árbol”. Y esto, aunque pueda parecer evidente, es algo que la mayoría de nosotros hacemos mal en nuestro día a día. Los niveles de complejidad y exigencia crecientes y los ritmos acelerados son una combinación letal, que afecta radicalmente a nuestra productividad.

 

Cuando decidimos y hacemos sobre la marcha

Quiero ilustrar esto con este breve video de una pareja jugando al juego de las damas. ¿Con cuál de los dos jugadores te identificas más?, ¿Con el que gana o con el que pierde?

¿Y quién gana y pierde?

Cuenta Víctor Kuppers, con mucha gracia, aquello de que estamos en un entorno donde prima la rapidez y “vamos como pollos sin cabeza”, esto es “la cabeza cae, pero el pollo sigue”. No hay tiempo para pensar. Hay que hacer. O, como hoy dicen muchas personas, “en mi trabajo todo es importante y urgente”.

El problema es que si esto lo combinas con que nuestro cerebro prefiere lo fácil, lo rápido, lo que supone un alivio instantáneo… la “partida” del día a día puede estar perdida.

 

La alternativa: pararse a pensar

¿Quéeeee? Pero si no hay tiempo…

“Nunca hay tiempo para hacer las cosas bien, pero siempre hay tiempo para hacerlas dos veces”… y para corregir las consecuencias de haberlas hecho mal. Una catástrofe que tiene su origen en dinámicas de trabajo irracionales… Y en que nuestro cerebro funciona habitualmente en “modo automático”.

Para cambiar el modo de funcionamiento de nuestro cerebro y ser más productivos tenemos que:

  • parar de vez en cuando -al menos uno o dos momentos al día para “reunirte contigo mismo”-
  • y decidir tus próximos pasos siguiendo unas pautas ordenadas.

Quizás encuentres algunas pistas para ello en alguno de estos mapas mentales y/o en este otro post.