Todos sabemos por experiencia que, para que un equipo funcione bien hace falta cierta combinación de conocimientos, competencias y… “química interpersonal”. Los modelos de trabajo en equipo identifican bien estas claves y nos ayudan a gestionarlas. Y también hay síntesis que nos ayudan a no perder de vista lo fundamental, esto es, que los tres ingredientes básicos que generan motivación a nivel personal ( tener un sentido o propósito, disfrutar de autonomía y tener opciones de reto y desarrollo) son prácticamente los mismos que los que hacen que un equipo funcione óptimamente:

  • Un propósito claro y retador (en este caso, común)
  • Autonomía para tomar decisiones y auto-organizarse en relación a ese propósito
  • Diversidad y complementariedad de talentos (conocimientos y cualidades) para poder progresar

Pero también, junto con estos elementos, hay otras pequeñas claves que condicionan totalmente la dinámica de un grupo y hacen que el equipo funcione mejor o peor. Una de ellas es el número de personas adecuado para que un equipo sea productivo. Y tiene que ver con nuestra capacidad mental de procesamiento.

 

La diversidad enriquece… o no

Hoy, “diversidad” es una palabra mágica. Y es que está muy conectada con la innovación y la diferenciación que las organizaciones necesitan “para sobrevivir”. De entrada, cuanto más diversos sean los equipos, mejor. Sin embargo, la diversidad está limitada por nuestra capacidad de gestionarla. Cada persona supone un incremento en la complejidad de la comunicación del equipo. Y cada vez está más claro que estamos fisiológicamente limitados para sacar jugo de esa complejidad. ¿Hasta dónde podemos hacerlo?

En primer lugar, podríamos tomar conciencia sobre cómo la comunicación se hace crecientemente compleja en la medida en que somos más personas en un equipo. Jeff Sutherlan, el creador del SCRUM, nos da una fórmula sencilla para calcular el número de canales que tiene un equipo en función del número de sus integrantes:

n (n-1) / 2.

Así, por ejemplo, si un equipo tiene 5 personas, habrá 10 canales. Si tiene 10, habrá ¡¡¡45!!! ¿podemos gestionar adecuadamente tanto canal? Según las investigaciones, parece que no. Demuestran que tenemos poca capacidad de procesar simultáneamente varios canales. Que cuando la comunicación se va haciendo compleja es más fácil “perder el hilo” o perder matices. Aunque lo que se trate sea de nuestro interés. Y el motivo, según parece, está en que nuestro cerebro es incapaz de manejar simultáneamente muchos canales de comunicación.

En la medida en que hay muchos canales “activos” (sobre los que haya que seguir manteniendo cierta atención), el cerebro empieza a desconectar para poder mantener el hilo de algunos. Y en la misma medida, van perdiéndose las condiciones ideales para que la comunicación fluya de una forma óptima. Dicho de otro modo, si el equipo crece demasiado, decrece la capacidad de las personas de estar atentos a los otros, comunicarse con claridad y trabajar en objetivos comunes.

¿Algún número de referencia? Sí. La dinámica de un grupo parece ser óptima cuando hay entre cinco y nueve personas. Lo cual no quiere decir que no podamos tener un equipo fantástico con solo tres personas o con doce. De hecho, según el modelo de Belbin, sería suficiente con que se abarcaran entre ellas los 9 roles necesarios para que un equipo funcione óptimamente.