Facilitar bien un proceso grupal es parecido a cocinar con maestría un plato aparentemente sencillo: los ingredientes y los pasos son muy claros para cualquiera que lea la receta pero la dificultad de fondo está en que «ligue bien la salsa». Y esta es una conclusión a la que llego cada vez que en un taller tiene lugar ese «momento mágico» del que habla Eugenio Moliní en que el trabajo empieza a fluir por sí solo sin necesidad de intervención externa. ¿Podríamos acelerar el proceso grupal para acabar antes?… Desde mi punto de vista no solo no queda igual sino que suele quedar mal.

Voy a tratar de ilustrar esto de «cocinar un proceso al pil-pil». Es algo que ahora mismo está sucediendo en un proyecto en el que estoy tratando de ayudar a fomentar la colaboración interprofesional entre médicos de atención primaria y especialistas. En las siguientes líneas trataré de dar algunas pistas sobre cómo lo estoy haciendo.

En este caso hemos partido del modelo D’Amour, que es un modelo teórico que se ha desarrollado para organizaciones del ámbito sanitario y que identifica cuatro dimensiones y diez indicadores para colaborar. Uno de los retos de partida ha sido que el modelo es solo teórico y había que traducirlo a una metodología que sirviera para aplicar el modelo y, sobre todo,  para conseguir la colaboración interprofesional real. A priori no teníamos más pistas sobre cómo hacerlo… así que empezamos a pilotar un prototipo.

Hemos tenido claro que los primeros pasos son fundamentales ya que en ellos se juega siempre el «efecto de primacía«, según el cual  lo que sucede al inicio condiciona de un modo especial todo el proyecto. La búsqueda de la implicación se hace con cuidado: invitando a participar desde el inicio y dando opción de no participar. Por eso, en el workshop de lanzamiento, además de clarificarse la situación de partida, los objetivos y el método, también se habla de la voluntariedad y se pide ayuda para el diseño («¿Qué incluiríais en estos talleres para que cumplan su objetivo?»).

A partir de aquí me planteé empezar trabajando en los talleres cada uno de los 10 indicadores de colaboración por separado, vinculándolos a las sugerencias de los participantes y «haciendo camino al andar». En relación a esto último, para mi ha sido clave el ejercicio de coherencia de mantener un diálogo permanente sobre el método con los participantes. En esta línea yo siempre he propuesto método pero ellos me decían si les ayudaba o no y, en su caso, tratábamos de buscar alternativas. Esto también ha permitido, entre otras cosas, que en este ejercicio piloto yo haya podido tener el método «en beta» y haya llegado a una nueva y mucho mejor traducción del modelo en una metodología que, de momento, ha quedado así:

  1. Se trabajan inicialmente el «conocimiento mutuo» y la «confianza» a un nivel básico, con técnicas de gamificación y con el Círculo de Aprendizaje Experiencial (CAE). Esto es fundamental para crear condiciones ya que en este caso el punto de partida son barreras y estereotipos que hay que identificar y sobre los que hay que avanzar.
  2. La dinámica produce condiciones para empezar a trabajar colaborativamente. Se usa el mapa de empatía para identificar objetivos comunes en función de los pacientes y se empieza a trabajar en grupos con tareas comunes que ellos mismos identifican (por ejemplo «protocolos» coordinados de intervención ante síntomas de los pacientes).
  3. El descubrimiento es que prácticamente la totalidad de los indicadores restantes del modelo D’Amour se empiezan a desarrollar como producto de la tarea común. En este ejercicio veo evidencias de lo que también plantea Moliní cuando menciona que la participación genuina surge en el compromiso por la tarea común.

Ayer celebrábamos una jornada de seguimiento. Fue otro momento mágico que se veía en las caras. La jornada terminaba en un lunch que espontáneamente habían preparado los médicos de primaria a sus compañeros, así que decidimos hacer el seguimiento preparando la mesa con «Cuatro platos en el mantel de la colaboración». Los dos primeros sirvieron para tomar conciencia de lo mucho que se había avanzado y los dos últimos para plantearnos las «próximas acciones»:

Plato 1: Oportunidades concretas, situaciones  donde hemos visto colaboración y/o vemos posibilidades.

Plato 2: ¿Qué avances hemos hecho y qué aspectos ya desarrollados por nosotros están siendo o pueden ser una fortaleza  para seguir colaborando? (internamente)

Plato 3: Áreas de Mejora como “profesionales colaboradores” que tenemos que trabajar para que nuestros compañeros perciban colaboración (ejercicio empático).

Plato 4: ¿Qué elementos externos suponen una dificultad para colaborar con mayor eficacia?

Ahora el proceso continúa. Tenemos una incipiente comunidad de práctica descubriendo los beneficios de colaborar y sintiéndose parte de algo. Necesitarán apoyo.

Y nosotros nos planteamos si no podríamos haber conseguido lo mismo en la mitad de tiempo… Con seguridad no habríamos conseguido el mismo «pil-pil» ;-)