Escuchad
“Todas las cosas ya fueron dichas,
pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo” (Gide)

Tanto tiempo llenándote la boca y los oídos con las bondades de la “escucha activa” y un día -después de pensar que la frase de Gide no va contigo-   tomas conciencia de que a pesar de haber estado muy pendiente de conocer y aplicar las técnicas de “escucha activa” estás lejos de escuchar bien. En este post voy a defender que  las técnicas y pautas relativas a cómo escuchar y cómo preguntar son el árbol que no nos deja ver el bosque.

El caso es que recientemente he observado que no hay nada que entorpezca tanto la buena escucha como pensar que ya escuchamos bien.

Y no es que escuchemos mal porque no nos esforcemos o porque no sigamos con rigor algunos de los modelos (como, por ejemplo el GROW), técnicas o pautas que generalmente se asocian a la “escucha activa” (reformular con nuestras propias palabras, hacer “buenas/ abiertas/concretas/poderosas” preguntas, mantener contacto visual, no interrumpir,  etc.), sino -paradójicamente- porque nos esforzamos y los seguimos. Justo en esta línea podemos ilustrarnos con el curioso fenómeno de “la ceguera de la desatención“, que muestra cómo nuestro esfuerzo por no perdernos algo hace precísamente que nos podamos perder lo esencial.

Si a lo anterior sumamos que la capacidad de escucha es limitada (requiere de mucha energía) y que muchos nos sometemos diariamente a una sobreestimulación de mensajes e información (infoxicación) -a los que dedicamos poco tiempo y con los que vamos mermando nuestra capacidad de mantener la atención más allá de 2 ó 3 minutos-, el resultado es que si pudiéramos observar nuestras actividades de escucha, nos sorprendería ver la poca atención que nos queda para estar totalmente centrados en lo que la otra persona nos está contando. Dicho de otro modo: nuestra capacidad de distracción se ha incrementado.

Por poner un ejemplo, si estás convencido de las bondades de la escucha y cuando alguien te está contando algo estás pensando en cuál es la mejor pregunta que le puedes hacer, ya hay un espacio de no-concentración y de no-escucha dedicado a esa conversación que estás manteniendo simultáneamente contigo mismo. Ya decía Einstein que era más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio,  y a veces nuestros modelos mentales se vuelven escurridizos y casi invisibles mientras condicionan nuestra actividad.

Me atrevería a decir que tratar de “escuchar activamente” es a veces un error. En su lugar quizás sería mejor solo “escuchar”. Y es que “escuchar” es una actividad a la vez simple y compleja que consiste en mantenerse totalmente abierto a lo que el otro nos dice (sin relacionar, sin racionalizar) con una fijación de la mente que excluye absolutamente todo lo demás. Buenas preguntas sí. Buenas pautas de escucha también… pero solo en la preparación y en la evaluación de las conversaciones.

Si no se hace así, lo que aparecen en escena son tus propios condicionamientos, tus propios moldes mentales que impiden el acceso directo a lo que alguien te cuenta. De este modo, las preguntas que vienen de una “escucha activa” están contaminadas frecuentemente de tí, mientras que las preguntas que vienen de una escucha auténtica surgen.. Es como si lo que el otro te dice se convirtiera en parte de tí.

La práctica del “buen escuchar” requiere solo de relajación mental y presencia en el aquí y ahora de la conversación. 

A veces esto solo se puede alcanzar con entrenamiento:

  • Una de las prácticas qué más pueden ayudarnos es la de encontrar momentos en los que fomentar nuestro propio silencio mental. De este modo, podemos incidir en mantener en un buen nivel nuestra capacidad de escucha.
  • Otra práctica sencilla puede ser la de introducir muchos más silencios en nuestras conversaciones, parando así nuestra tendencia a sentirnos obligados a decir algo. Además, el silencio suele favorecer que el otro piense más.
  • También podemos trabajar el hábito de la concentración haciendo algún ejercicio como el siguiente:
    1. Siéntate cómodamente y elige un foco sobre el que poner tu atención (ya sea en el interior del cuerpo o algo externo).
    2. No pienses en ninguna otra cosa y, si te descubres haciéndolo, vuelve tu atención sobre ese foco.
    3. Mantente ahí centrado al menos 5 minutos y haz este ejercicio a diario.
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